Guías o lecciones de la Escuela Sabática para el Estudio de la Biblia

Lecciones para adultos: "El Espíritu Santo y la espiritualidad"

Primer trimestre (enero-marzo) de 2017

Lección 6: "El Espíritu Santo y una vida santa"

Para el 11 de febrero de 2017

Sábado | Domingo | Lunes | Martes | Miércoles | Jueves | Viernes

 

Ir ArribaSábado 4 de febrero

Lee Para el Estudio de esta Semana: 1 Ped. 1:14-16; Isa. 6:3; 13 Heb. 12:14; 1 Cor. 6:11; 1 Tim. 1:8; Sal. 15:1, 2.

Para Memorizar: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes. 5:23).

Es fácil volverse insensible a la santidad de Dios y no pensar demasiado en el odio revelado de Dios hacia el pecado y el mal.

La santidad, sin embargo, es un tema crucial en la Biblia. La búsqueda de3 la santidad, llegar a ser amable y puro como Jesús, debería ser una prioridad para todo cristiano. Nos horrorizamos, y con razón, ante la actitud de “soy más santo que tú”. Pero, al mismo tiempo, podemos olvidarnos fácilmente lo que significa vivir una vida pura y santificada.

El amor de Dios y su santidad van inseparablemente juntos. Sin la santidad de Dios, su amor estaría en peligro de sentimentalismo; sin su amor, la santidad de Dios sería severa e inaccesible. Ambos atributos, su amor y su santidad, son fundamentales a su naturaleza.

El Espíritu Santo está estrechamente conectado con nuestra búsqueda de la santidad. Después de todo, su nombre es Espíritu Santo, y es llamado el “Espíritu de santidad” (Rom. 1:4). Su nombre nos recuerda que Dios es santo y que es el mayor deseo de Dios transformar a los pecadores a la imagen de su propia santidad.

Esta semana veremos más de cerca lo que significa ser santo y vivir una vida santa.

 

Ir ArribaDomingo 5 de febrero: La santidad de Dios

Lee 1 Pedro 1:14-16. ¿Por qué la motivación mayor por la santidad es justamente la realidad de Dios mismo? ¿Qué te motiva a vivir una vida santa? ¿Qué significa que Dios sea santo?

Es popular enfatizar el amor de Dios y, al mismo tiempo, ignorar su santidad. Aunque Dios es amor, la idea de la santidad en la Biblia se conecta más a menudo con el nombre de Dios que cualquier otro atributo (Sal. 89:18, Isa. 40:25, Jer. 51:5, Eze. 39:7, Apoc. 4:8). La santidad describe la pureza y perfección moral de su naturaleza. La santidad de Dios significa que es perfectamente bueno y completamente libre del mal. La santidad de Dios es la perfección de todos sus demás atributos.

Si Dios solamente fuera omnipotente (poder infinito), omnisciente (conocimiento perfecto y completo) y omnipresente (presente en todas partes), pero no tuviera santidad perfecta, sería un poder de quien estaríamos aterrorizados, y con razón. Sin embargo, él es un Dios a quien debiéramos amar.

Su poder es poder santo. Su misericordia es misericordia santa. Su sabiduría es sabiduría santa, y su amor es amor santo. En este sentido, la santidad es la palabra más íntimamente divina de todas, porque tiene que ver con la misma naturaleza de Dios. Negar la pureza del Dios santo es, quizás, peor que negar su existencia. Lo último lo hace inexistente; lo primero, un dios repugnante y detestable.

La santidad de Dios significa que está separado del pecado y enteramente dedicado a buscar el bien que representa en sí mismo. En otras palabras, la santidad denota una cualidad relacional, al igual que una cualidad moral. Incluye separación del pecado y devoción completa a la gloria de Dios.

En Isaías 6:3 y Apocalipsis 4:8, se describe a Dios como “santo, santo, santo”. Cuando los escritores bíblicos deseaban enfatizar algo que era importante, repetían la palabra a fin de llamar la atención a lo que se decía. Jesús llama nuestra atención a declaraciones importantes al repetir las palabras “de cierto, de cierto” (Juan 5:24; 6:47; etc.), o “Jerusalén, Jerusalén” (Mat. 23:37), o al llamar a alguien por nombre: “Marta, Marta” (Luc. 10:41). De todos sus atributos, solamente la santidad de Dios es mencionada tres veces seguidas. Esto indica algo de suma importancia. La naturaleza de Dios es, verdaderamente, santa. Él es puro y bueno.

¿Cuán aterrado estarías, y con justa razón, si nuestro Dios y Creador todopoderoso no fuera santo y amante? ¿Qué te dice tu respuesta acerca de por qué deberíamos estar tan agradecidos de que Dios es como es?

 

Ir ArribaLunes 6 de febrero: La naturaleza de la santidad

“Cuanto más cerca estéis de Jesús, más imperfectos os reconoceréis; porque veréis tanto más claramente vuestros defectos a la luz del contraste de su perfecta naturaleza. Esta es una señal cierta de que los engaños de Satanás han perdido su poder, y de que el Espíritu de Dios os está despertando” (CC 64, 65).

Lee Efesios 1:4; 5:25 al 27, y Hebreos 12:14. ¿Cuál es el propósito de Dios para todos sus hijos y para la iglesia?

La santidad es un don de Dios y a la vez un mandato de Dios. Por eso deberíamos orar pidiendo santidad y esforzarnos por manifestarla a diario. La santidad es el fruto del Espíritu desplegado en nuestras vidas al caminar por el Espíritu con Cristo cada día (Gál. 5:16, 22, 25). La santidad, en pocas palabras, es ser semejante a Cristo. Significa pertenecer a Jesús y vivir como sus hijos en obediencia y entrega por amor, siendo cada vez más semejantes a él. El significado básico asociado con el concepto de santidad implica un estado de ser separado, ser puesto aparte para un servicio especial para Dios. Por otro lado, la santidad también implica una cualidad moral y espiritual intrínseca, es decir, ser justo y puro ante Dios. Ambos aspectos deben mantenerse juntos.

En el Nuevo Testamento, los creyentes son llamados santos por causa de su relación única con Jesús que los separa para un propósito especial. Ser santo no los hace éticamente perfectos y sin pecado, sino que los cambia a fin de que puedan comenzar a vivir una vida pura y santa (compara con 1 Cor. 1:2, donde Pablo llama a los corintios “santos”, aun cuando no estaban libres de pecado ni eran perfectos). Los creyentes son llamados a buscar la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (Heb. 12:14). La aceptación de Dios de cada creyente es perfecta desde el inicio, pero nuestro crecimiento en la santificación es un proceso de toda la vida y necesita seguir extendiéndose cada vez más para que seamos transformados más y más a la imagen inmaculada de Aquél que nos salvó.

Hay una tensión entre ser santo y aun así tener que buscar la santidad. ¿De qué manera nuestra búsqueda de la santidad será diferente si sabemos que ya pertenecemos a Dios, y que somos aceptos en él por causa del sacrificio de Jesús por nosotros?

 

Ir ArribaMartes 7 de febrero: El agente de santificación

¿Qué nos dicen 1 Corintios 6:11, Tito 3:5 y Hebreos 13:12 acerca de la santificación?

Nuestra santificación se logra por fe (Heb. 11:6), por medio del poder del Espíritu Santo (2 Tes. 2:13; 1 Ped. 1:2). El apóstol Pablo escribe: “Mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor. 6:11). Jesús produce en nosotros un crecimiento de toda la vida en santidad, produciendo el fruto del Espíritu en nosotros. Nuestra transformación a su semejanza viene “por la acción del Señor, que es el Espíritu” (2 Cor. 3:18; NVI).

Lee Gálatas 5:16 y 17. ¿Qué nos dice Pablo en estos versículos?

Hay una batalla que se libra en todo creyente. La tensión que todos enfrentamos se produce por el hecho de que el pecado mora en nosotros (Rom. 7:20). El apóstol Pablo sabía acerca de esta batalla cuando declaró hacia el final de su vida: “Yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:13, 14).

Lee Hebreos 12:1 y 2. ¿Cuál es la lucha de fe que debemos librar contra el pecado?

La batalla que somos llamados a pelear es fijar “los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb. 12:2). Demasiado a menudo nuestra religión se centra en nosotros mismos. Nos enfocamos demasiado en nuestras victorias y en nuestras derrotas en vez de en Dios, el único que puede darnos victoria sobre el pecado. Cuando el Espíritu Santo nos ayude a ver a Jesús, no tendremos deseo alguno por el pecado y todo lo que tan fácilmente nos enreda es puesto a un lado (Heb. 12:1). Pero cuando nos enfocamos en nuestros pecados y defectos, nos miramos a nosotros mismos en vez de a Jesús. Esto nos lleva a una derrota fácil, porque al mirar nuestros fracasos, podemos desanimarnos con mucha facilidad. Sin embargo, al contemplar a Jesús, encontraremos fortaleza para vivir victoriosamente.

Si alguien te preguntara: “¿Cómo puedo obtener la victoria sobre el pecado que se promete en la Biblia?”, ¿qué responderías, y por qué? Lleva tu respuesta a la clase el sábado.

 

Ir ArribaMiércoles 8 de febrero: La norma de la santidad es la Ley de Dios

Sabemos que Dios nos llama a guardar su Ley. Sin embargo, surge la pregunta: ¿por qué debemos guardar su Ley si no podemos ser salvos por ello? La respuesta se halla en la idea de la santidad.

Lee Romanos 7:12 y 1 Timoteo 1:8. ¿Qué atributos utiliza Pablo para describir la Ley? ¿De qué manera la Ley refleja el carácter de Dios?

La Ley es santa, justa y buena. Estos tres atributos designan apropiadamente únicamente a Dios mismo. Por ende, la Ley es una expresión del carácter de Dios.

Vivir una vida llena del Espíritu significa que vivimos según la Ley de Dios. La Ley es la norma constante de su santidad. El estándar que fija la Ley no cambia así como Dios mismo no cambia. Jesús afirmó que la Ley no fue abolida, sino que ha de cumplirse cada aspecto de la Ley (Mat. 5:17-19). Guardar la Ley no es legalismo; es fidelidad. La Ley no nos salva. Nunca podría hacerlo. La Ley nunca es nuestro camino a la salvación. Más bien, es el camino de los salvos. La Ley, por así decirlo, es el calzado en el que nuestro amor camina y se expresa. Por eso Jesús pudo decir, de una manera asombrosa, que “debido al aumento de la iniquidad [transgresión de la Ley], el amor de muchos se enfriará” (Mat. 24:12). El amor disminuye cuando se deshecha la Ley.

Lee Romanos 13:10 y Mateo 22:37-40. ¿Por qué el amor es el cumplimiento de la Ley?

Mientras que la regla y la norma de la santidad es la Ley de Dios, el corazón de su santidad es el amor. El amor es la respuesta a los actos salvíficos de Dios y se manifiesta en fidelidad. No puedes ser un buen discípulo de Jesús sin ser un guardador consciente de la Ley por amor. Aunque es posible guardar la letra de la Ley sin amor, no es posible exhibir verdadero amor sin guardar la Ley. El amor verdadero desea ser fiel. El amor no abole la Ley. La cumple.

¿Por qué la Ley es una expresión del amor de Dios hacia nosotros? ¿De qué manera están relacionados el amor y la obediencia?

 

Ir ArribaJueves 9 de febrero: En búsqueda de la santidad

Lee Salmos 15:1 y 2; Efesios 4:22 al 24 y 2 Timoteo 2:21. ¿Qué nos dicen estos versículos acerca de la santidad?

La santidad es la precondición para disfrutar de la felicidad del compañerismo con Dios. Es la precondición para nuestra utilidad para Dios. Conocemos la veracidad del dicho: “Siembra una acción, y cosecharás un hábito; siembra un hábito, y cosecharás un carácter”. Y, podríamos agregar, “el carácter es el destino”. Lo único que llevaremos al cielo con nosotros será nuestro carácter.

Desarrollar nuevos hábitos y nuevos caracteres, sin embargo, no se logra por medio de la auto santificación ni por esfuerzo propio. La formación de hábitos es la forma normal en que el Espíritu nos guía hacia la santidad. Los hábitos son importantes en nuestro caminar cristiano, especialmente aquellos hábitos que crecen en conexión con virtudes bíblicas tales como paciencia, amor, fidelidad, bondad, benignidad, amabilidad y dominio propio.

Cuando el Espíritu Santo ha llenado nuestros corazones, sin duda prestaremos un servicio activo para Dios. Pero demasiado a menudo nos olvidamos que es Dios quien nos santifica y quien terminará en nosotros la buena obra que él comenzó (Fil. 1:6). A veces estamos tan ocupados haciendo toda clase de cosas para Dios que nos olvidamos de disfrutar nuestro tiempo con él en oración. Cuando estamos demasiado ocupados para orar, en realidad estamos demasiado ocupados para ser cristianos.

Quizás nuestro conocimiento y éxito nos han llevado a depender y confiar tanto en nosotros mismos que damos por sentado nuestras habilidades y planes y, de esa manera, nos olvidamos que sin Cristo y sin el Espíritu Santo no podemos lograr nada.

El activismo no es santidad. Habrá personas que pensarán que han hecho grandes cosas para el Señor, y sin embargo en realidad no lo estaban siguiendo a él en absoluto. “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” (Mat. 7:22, 23). Hay una enorme diferencia entre ser llamados por Dios y simplemente actuar por cuenta propia. Si no hemos tomado primeramente el tiempo a solas para escuchar el llamado de Dios, corremos el riesgo de actuar por cuenta propia, sea lo que sea que hagamos. Pero no habrá fuerza, ni poder, ni paz y no habrá una bendición duradera asociada con nuestro esfuerzo si no surge a raíz de un llamado divino. Nuestra mayor necesidad en el ámbito de la santidad es dedicar tiempo de calidad con Dios cuando escuchamos su voz y recibir nuevas fuerzas de su Palabra al guiarnos el Espíritu Santo. Esto otorgará credibilidad única y poder convincente a la tarea que emprendamos.

 

Ir ArribaViernes 10 de febrero

Para Estudiar y Meditar:

Lee Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro, “Un poder que transforma y eleva”, pp. 68-74.

¿Cómo podemos siquiera comenzar a entender la santidad de Dios cuando nuestra propia naturaleza es caída y corrupta y la de él es invariablemente santa? La santidad de Dios lo define como singular y separado del mundo de pecado y muerte que experimentamos los seres humanos. Sin embargo, aquí está lo más asombroso: Dios nos ofrece la oportunidad de participar de su santidad. Eso es parte de lo que implica una relación de pacto con él: “Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios” (Lev. 19:2). O, como lo expresa el libro de Hebreos: “He aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto [...].Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo” (Heb. 8:8, 10). En estos textos podemos ver la conexión entre santidad, pacto y ley. No podemos ser santos si no obedecemos la Ley de Dios, y obedecemos su Ley solamente a medida que él mismo, el Espíritu Santo, escribe su Ley en nuestros corazones y mentes. Qué sagrado privilegio tenemos: “que participemos de su santidad” (Heb. 12:10), lo cual expresamos al obedecer su Ley en amor.

Preguntas para Dialogar:

  1. En clase, repasa tu respuesta a la pregunta al final de la lección del día martes acerca de lo que dirías a alguien que te preguntara sobre cómo obtener el cumplimiento de las promesas de victoria sobre el pecado en sus propias vidas. ¿Qué le dirías?

  2. ¿Qué significa que la Ley de Dios sea escrita en nuestros corazones y en nuestras mentes? ¿Por qué esto es tan diferente a que solamente esté escrita en tablas de piedra?

  3. Cuando piensas en la santidad de Dios, ¿qué viene a tu mente? Con la participación de toda la clase, que cada persona comente cómo se imagina que es la santidad de Dios. ¿Qué nos revela Jesús acerca de la santidad de Dios?

  4. ¿Cuál es el fundamento para nuestra santidad? ¿De qué manera se logra la santidad?

  5. En la lección del día miércoles se afirma lo siguiente: “La Ley no nos salva. Nunca podría hacerlo. La Ley nunca es nuestro camino a la salvación. Más bien, es el camino de los salvos”. ¿De qué manera esta declaración nos ayuda a entender cuál debería ser el papel de la Ley para los cristianos santificados en quienes está obrando el Espíritu Santo?

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