Elena G. de White y la adoración

El autor(a) Dr. Daniel Oscar Plenc es Director del Centro de Investigación White de Argentina, Coordinador del Servicio de Espíritu de Profecía de la Unión Austral y Profesor de teología de la Universidad Adventista del Plata.

Categoría: Simposio Elena G. White


Elena G. de White y la adoración

Un examen del tema de la adoración en los escritos de Elena G. de White puede mostrar orientaciones prácticas acerca del culto, la reverencia, el canto, etc. Pero una lectura más detenida ofrece también elementos esenciales del fundamento teológico tras las manifestaciones cúlticas eclesiales.

El presente trabajo propone elementos teológicos de la adoración a partir de los escritos de Elena G. de White relacionados con cinco áreas de la teología: la doctrina de Dios, la antropología, la soteriología, la eclesiología y la escatología.

Dios: el objeto digno de adoración

Para Elena G. de White, Dios merece la adoración de sus criaturas en virtud de sus atributos y acciones. Afirma que un mejor conocimiento de Dios suscita la adoración de los hombres. “Cuando podamos comprender el carácter de Dios como lo comprendió Moisés (Éxodo 33:19; 34:6-8), también nos apresuraremos a postrarnos en adoración y alabanza”.1 Por esa misma razón Satanás se esfuerza en distorsionar su carácter. 2

Al igual que las Escrituras, los escritos de Elena G. de White fundamentan la adoración en virtud de los atributos absolutos de Dios, como la infinitud, la eternidad, la grandeza, y la perfección. Señala que Satanás ha intentado reemplazar “la justicia y perfección del Dios infinito que es el verdadero objeto de la adoración...”. 3 Estas cualidades divinas justifican la adoración. “Jehová, el eterno, el que posee existencia propia, el no creado, el que es la fuente de todo y el que lo sustenta todo, es el único que tiene derecho a la veneración y adoración supremas”. 4 En razón de sus perfecciones existe un objeto único de adoración. “No es al hombre a quien debemos exaltar y adorar; es a Dios, al único Dios verdadero y viviente, a quien se le debe adoración y reverencia”. 5

La alabanza y la gratitud aparecen en estrecha relación con los atributos relativos de Dios, como su presencia, bondad, misericordia, poder, y soberanía. Se indica que “la verdadera reverencia hacia Dios nos es inspirada por un sentido de su infinita grandeza y un reconocimiento de su presencia” y que “la presencia de Dios hace que tanto el lugar como la hora de la oración sean sagrados”. 6 La convicción de la presencia divina hace del culto una ocasión de pleno gozo. 7 La bondad y el poder del Señor se presentan como estímulos para la alabanza y la gratitud. 8 Dios mostró su poder en los eventos del éxodo “para que su pueblo se apartara de la idolatría y le tributara verdadera adoración”. 9 Al “considerar a Dios como un padre tierno y misericordioso” el servicio y la adoración se transforman en un placer. 10

Elena G. de White era muy conciente de que la adoración verdadera responde además a los atributos morales de Dios, como la santidad y el amor. La indumentaria del sacerdocio hebreo inspiraba “el sentimiento de la santidad de Dios, de lo sagrado de su culto y de la pureza que se exigía a los que se allegaban a su presencia”. 11 La visión del Señor volvió a Isaías más consciente de su indignidad “a medida que miraba la santidad y majestad del santuario”. 12 Deben inculcarse en los miembros de iglesia “ideas correctas de la adoración y reverencia verdaderas” a fin de prepararlos “para alternar con los adoradores de los atrios celestiales, donde todo es pureza y perfección, donde todos los seres manifiestan perfecta reverencia hacia Dios y su santidad”. 13 Cuando el creyente se congrega, ha de recordar que “Dios es superior y santo...”. 14 Al igual que Noé después del diluvio, debiera expresarse gratitud y culto ante las manifestaciones de la misericordia y el amor de Dios. 15 La contemplación del amor de Dios despertó la ferviente adoración y la gratitud de David e inspiró su alabanza. 16 Ese amor divino manifestado en la cruz de Cristo estimula la alabanza, la gratitud, la adoración alegre y el gozo reverente. 17

A veces se propone una combinación de atributos morales y relativos como motivo de adoración humana y celestial, particularmente la justicia y la misericordia. La unión de estas características divinas “llena todo el cielo de admiración y adoración”. 18 Se dice que el sábado “es un testimonio perpetuo de su existencia, y un recuerdo de su grandeza, su sabiduría y su amor”. 19

Varias acciones divinas aparecen como razones que demandan la adoración a Dios. El Dios creador y sustentador se hace merecedor de la adoración de los hombres. 20 “El deber de adorar a Dios estriba en la circunstancia de que él es el Creador, y que a él es a quien todos los demás seres deben su existencia”. 21 No es la naturaleza sino su Creador el objeto de la honra y la adoración. 22 “El Dios vivo merece nuestro pensamiento, nuestra alabanza, nuestra adoración como Creador del mundo, como Creador del hombre. Debemos alabar a Dios porque fuimos maravillosamente hechos”. 23 El capítulo 14 de Apocalipsis exhorta a los hombres a que adoren al Creador en fidelidad y obediencia. 24 El sábado conmemora la creación y recuerda la verdadera razón para la adoración a Dios. 25

Elena G. de White también deja ver que la revelación divina hace posible la adoración humana. “La religión que proviene de Dios es la única que conducirá a Dios”. 26 Jesús fue también sobre este tema la fuente suprema de revelación. “Jesús había venido para enseñar el significado del culto a Dios, y no podía sancionar la mezcla de los requerimientos humanos con los preceptos divinos”. 27 “Cristo vio que algo debía hacerse... La obra de Cristo consistía en establecer un culto completamente diferente”. 28 Se advierte contra la excitación de sentimientos y se favorece la predicación serena de la Palabra. Los sentimientos quedan subordinados al juicio. Se rechazan tanto el fanatismo como el frío formalismo como engaños satánicos, así como la confusión, y las grandes manifestaciones corporales. 29

El concepto de Elena G. de White sobre adoración muestra un equilibrio entre la trascendencia y la inmanencia de Dios 30, y en consecuencia un balance entre los aspectos formales e informales de la adoración. 31 La adoración se mueve entonces entre el temor reverencial y la gozosa comunión. Tanto la grandeza como la presencia de Dios inspiran la verdadera reverencia. 32 La presencia y el amor de Cristo en el corazón de lo adoradores se reflejarán en reuniones intensamente interesantes e impregnadas por la atmósfera del cielo. 33 Dios “honra con su presencia las asambleas de sus hijos” y los acompaña por medio de su Espíritu. 34

La adoración se concibe en términos trinitarios, porque reconoce la dignidad divina de Cristo 35, y el protagonismo del Espíritu Santo. El verdadero culto es “el fruto de la obra del Espíritu Santo”. 36 Sólo el Espíritu crea un entusiasmo sano. 37

En consecuencia, la adoración es una experiencia teocéntrica, motivada por un Dios a la vez soberano y presente en la asamblea eclesial.

El hombre: el sujeto que adora

Para Elena G. de White la adoración es la respuesta integral de la criatura humana ante el ser y el quehacer divino. Esa respuesta debe caracterizarse tanto por la reverencia y la humildad, como por la gratitud, la alabanza, el gozo, y el amor.

En la vivencia cúltica los humildes y creyentes adoradores reconocen la superioridad y santidad de Dios y la dignidad de su casa. 38 “Los discípulos de Cristo deben precaverse hoy contra la tendencia a perder el espíritu de reverencia y temor piadoso. Las Escrituras enseñan a los hombres cómo deben acercarse a su Hacedor, a saber con humildad y reverencia, por la fe en un Mediador divino...”. 39 Las dádivas que sustentan el culto público atestiguan “la existencia y la soberanía del Dios viviente”, y expresan lealtad y amor hacia él. 40 Las santas convocaciones en Israel debían mantener vivos la fe, el amor y la gratitud. 41

Al mismo tiempo los hijos de Dios deben hablar palabras de alabanza y agradecimiento 42, y asistir a la casa de adoración “llenos de gozo”. 43 Elena G. de White dice que el servicio y la adoración debieran realizarse con alegría y placer. “Aquello que se hace para la gloria de Dios debe hacerse con alegría, con cánticos de alabanza y acción de gracias, no con tristeza y semblante adusto... Debiera ser un placer adorar al Señor y participar en su obra... El quiere que quienes van a adorarlo puedan llevarse preciosos pensamientos de su cuidado y amor, para que estén siempre contentos en sus ocupaciones diarias y tengan gracia para conducirse honesta y fielmente en todas las cosas”. 44

Ante la manifestación divina el hombre se hace consciente de su indignidad. Al contemplar la majestad y santidad de Dios, Isaías se vio a sí mismo en su pequeñez, indignidad e incompetencia. 45

Todo el ser del hombre adora a Dios, cuidando su cuerpo, sus pensamientos, y sus emociones bajo el dominio de la razón santificada. En el concepto de Elena G. de White “La salud... está más íntimamente relacionada con la conciencia y la religión de lo que muchos piensan”. 46 Existe por tanto la idea de adoración como estilo de vida. “Dios deseaba que toda la vida de su pueblo fuera una vida de alabanza”. 47

La adoración es, entonces, una respuesta positiva e integral del hombre a Dios.

La salvación: motivación y habilitación

En Elena G. de White existe una relación cercana entre adoración y soteriología, porque la adoración se concentra en la obra redentora de Cristo, y en el plan de salvación. Tal como lo atestiguan los textos veterotestamentarios, ya el culto de Israel anticipaba la salvación provista por Cristo. 48

La adoración surge como respuesta a la salvación, motivando y capacitando al creyente en esa experiencia. “Al meditar el pueblo de Dios en el plan de salvación, sus corazones se enternecerán con amor y gratitud...”. 49 La cruz de Cristo se convierte en la gran fuerza de la vivencia cúltica. “Contemplando al Redentor crucificado, comprendemos más plenamente la magnitud y el significado del sacrificio hecho por la Majestad del cielo. El plan de salvación queda glorificado delante de nosotros, y el pensamiento del Calvario despierta emociones vivas y sagradas en nuestro corazón. Habrá alabanza a Dios y al Cordero en nuestro corazón y en nuestros labios; porque el orgullo y la adoración del yo no pueden florecer en el alma que mantiene frescas en su memoria las escenas del Calvario”. 50 El hombre responde en amor y adoración agradecida por la obra salvadora de Dios. 51 “No tiene paralelo el sacrificio de Cristo por el hombre caído. Es el tema más excelso y sagrado en que podamos meditar. Cada corazón que es iluminado por la gracia de Dios es constreñido a inclinarse con inexpresable gratitud y adoración delante del Redentor por su sacrificio infinito”. 52 La revelación del amor de Dios en Cristo genera en el hombre gratitud, obediencia, adoración, amor, alegría y alabanza. 53 El poder de la cruz pone en acción “los misteriosos manantiales de la esperanza y el temor, la adoración y el amor”. 54

En la eternidad seguirá adorándose en respuesta al sacrificio de Cristo. “La cruz de Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante toda la eternidad... El hecho de que el Hacedor de todos los mundos, el Árbitro de todos los destinos, dejase su gloria y se humillase por amor al hombre, despertará eternamente la admiración y adoración del universo”. 55

Hasta los mundos no caídos “tributan alabanza y honor y gloria a Jesucristo por el plan de la redención para salvar a los hijos caídos de Adán así como para confirmarlos a ellos mismos en su posición y en su carácter de pureza”. 56 El cielo expresó alabanza y adoración “por la gran misericordia y condescendencia de Dios al dar a su amado Hijo para que muriese por una raza rebelde. Expresaron alabanza y adoración por el abnegado sacrificio de Jesús, que consentía en dejar el seno del Padre y escoger una vida de sufrimientos y angustias y morir ignominiosamente para poder dar vida a otros”. 57

La intercesión de Cristo en favor del hombre en el santuario celestial también provoca la gratitud y la adoración a Dios. 58

La adoración humana sólo es posible por la gracia divina y la justicia de Cristo, y constituye una respuesta de fe viviente y salvífica, que se manifiesta en buenas obras, obediencia y servicio. “El incienso, que ascendía con las oraciones de Israel, representaba los méritos y la intercesión de Cristo, su perfecta justicia, la cual por medio de la fe es acreditada a su pueblo, y es lo único que puede hacer el culto de los seres humanos aceptable a Dios”. 59 Del mismo modo la sal añadida a todo sacrificio en las ceremonias del templo “significaba que únicamente la justicia de Cristo podía hacer el culto aceptable para Dios”. 60

El amor perdonador de Dios trae paz e inspira la alabanza y la adoración agradecida al Salvador. 61 “Cuando los rayos de la justicia de Cristo brillen en el creyente, el gozo, la adoración y la gloria se entretejerán con su experiencia”. 62

La adoración verdadera fructifica en buenas obras, porque “el verdadero culto consiste en trabajar junto con Cristo”. 63 La alabanza sincera es un deber como lo es la oración 64, y el creyente ha de “alabar a Dios mediante un servicio tangible... 65 ”. En consideración de la salvación recibida por Cristo surge el anhelo de servicio, la respuesta de amor y de adoración agradecida. 66

Elena G. de White habla de adoración en términos de obediencia a Dios y a su ley. Esa es la exhortación del mensaje del primer ángel de Apocalipsis 14. “Sin obediencia a sus mandamientos, ninguna adoración puede agradar a Dios”. 67 Quienes responden al triple mensaje divino guardan los mandamientos de Dios, incluyendo el cuarto que señala a Dios como Creador. 68 Dios apartó y santificó un día y se lo otorgó al hombre para su descanso y culto. 69 Apocalipsis 14 contrapone a quienes rinden una adoración obediente con quienes siguen pautas humanas. 70 “En vista de que los que guardan los mandamientos de Dios están puestos así en contraste con los que adoran la bestia y su imagen y reciben su marca, se deduce que la observancia de la ley de Dios, por una parte, y su violación, por la otra, establecen la distinción entre los que adoran a Dios y los que adoran a la bestia”. 71 En ese tiempo final “los que adoran a Dios se distinguirán especialmente por su respeto al cuarto mandamiento...”. 72

De la narrativa bíblica se extraen lecciones de obediencia y fidelidad. “Dios quiso enseñar al pueblo que debía acercarse a él con toda reverencia y veneración y exactamente como él indicaba. El Señor no puede aceptar una obediencia parcial. No bastaba que en el solemne tiempo del culto casi todo se hiciera como él había ordenado”. 73

La religiosidad no puede ser formal o ritual, sino un fruto de la obra del Espíritu. “Nos inspirará una obediencia voluntaria a todos sus requerimientos. Tal es el verdadero culto”. 74

En consecuencia la adoración es cristocéntrica, y se expresa en una respuesta creyente y comprometida. “Es preciso juntarnos en torno de la cruz. Cristo, y Cristo crucificado, debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción”. 75

La iglesia: el ámbito comunitario

Para Elena G. de White la adoración de la comunidad eclesial es de vital importancia. Considera los momentos de culto verdadero como una profunda bendición, y como “ocasiones sagradas y preciosas”. 76

Por una parte, parece claro que deben existir regulaciones específicas respecto del culto. “Algunos piensan que es malo procurar observar orden en el culto de Dios. Pero he visto que tal cosa no es peligrosa. He visto que la confusión desagrada al Señor, y que debe haber orden en la oración y también en el canto”. 77 No hay aquí lugar para la negligencia o la apatía. “Debiera haber reglas respecto al tiempo, el lugar, y la manera de adorar. Nada de lo que es sagrado, nada de lo que pertenece al culto de Dios, debe ser tratado con descuido e indiferencia”. 78

Es evidente que se defienden las bondades de un culto digno y sereno evitando los extremos del formalismo y el fanatismo. En los comienzos de la iglesia se dieron advertencias sobre la necesidad de un solemne decoro en el culto, contra las exclamaciones ruidosas, las oraciones a gritos y toda excitación. 79 Elena G. de White lamentó ciertas reuniones celebradas en Indiana con ruido, confusión y alboroto. 80 “El Señor quiere que sus servicios se caractericen por el orden y la disciplina, y no por la agitación y la confusión”. 81 Las orientaciones en este sentido son específicas. “Cuando los creyentes proclaman la verdad como está ejemplificada en Jesús, manifiestan una calma santa y serena, y no una tormenta de confusión”. 82 Se anticipa también que antes de la terminación del tiempo de gracia se repetirá la experiencia de Indiana. “Se manifestará toda clase de cosas extrañas. Habrá vocerío acompañado de tambores, música y danza”. 83 Debe existir mucho cuidado en la evaluación de una experiencia tal. “El Espíritu Santo nunca se manifiesta en esa forma, mediante ese ruido desconcertante”. 84 El Espíritu Santo no se identifica con el desorden perturbador, pero Satanás trabaja en medio del estruendo y la confusión. 85 La indicación se orienta hacia la prudencia. “En esta etapa de nuestra historia debemos tener mucho cuidado de precavernos contra todo lo que sepa a fanatismo y desorden”. 86 Ciertas cualidades del culto parecen ineludibles. “La obra de Dios se ha caracterizado siempre por la serenidad y la dignidad”. 87

Se reconoce que “Dios condena la mera ejecución de ceremonias que carezcan del espíritu de culto...”. 88 Pero el culto puede ser auténtico y significativo. “Ningún término es demasiado enérgico para describir lo malo del culto formal, pero no hay palabras que puedan presentar debidamente la profunda bendición del culto verdadero”. 89

Al mismo tiempo que se elogia el orden y la disciplina, se insiste en manifestaciones cúlticas que sean espirituales y atractivas, donde los adoradores participen y expresen gratitud y compañerismo. “Nuestras reuniones deben hacerse intensamente interesantes. Deben estar impregnadas por la misma atmósfera del cielo. No haya discursos largos y áridos ni oraciones formales simplemente para ocupar el tiempo. Todos deben estar listos para hacer su parte con prontitud, y cuando han cumplido su deber la reunión debe clausurarse. Así el interés será mantenido hasta el final. Esto es ofrecer a Dios un culto aceptable. Su servicio debe ser hecho interesante y atrayente, y no dejarse que degenere en una forma árida. Debemos vivir por Cristo minuto tras minuto, hora tras hora y día tras día. Entonces Cristo morará en nosotros, y cuando nos reunamos, su amor estará en nuestro corazón, y al brotar como un manantial en el desierto, refrescará a todos y dará a los que están por perecer avidez por beber las aguas de vida”. 90 En un culto tal el sermón no es lo único importante. “Generalmente la predicación de nuestras reuniones del sábado debe ser corta. Debe darse a los que aman a Dios oportunidad de expresar su gratitud y adoración”. 91 El Señor Jesús ya había luchado contra la formalidad y en favor de un culto espiritual. “Cristo vio que algo debía hacerse... El culto espiritual estaba desapareciendo rápidamente. Ningún vínculo unía a los sacerdotes y gobernantes con su Dios. La obra de Cristo consistía en establecer un culto completamente diferente”. 92

Además de la lectura y la predicación de la Palabra, se destaca el valor de otros elementos litúrgicos como la oración, el canto y la alabanza. “Para el alma humilde y creyente, la casa de Dios en la tierra es la puerta del cielo. El canto de alabanza, la oración, las palabras pronunciadas por los representantes de Cristo, son los agentes designados por Dios para preparar un pueblo para la iglesia celestial, para aquel culto más sublime, en el que no podrá entrar nada que corrompa”. 93 Tanto el predicador como los adoradores participan activamente. “Gran parte de la adoración pública de Dios consiste en alabanza y oración, y cada seguidor de Cristo debiera participar en ella. También está el servicio de predicación, dirigido por aquellos que están encargados de instruir a la congregación en la Palabra de Dios”. 94 Como instrumentos de adoración participativa se equiparan el canto y la oración. “El canto, como parte del servicio religioso, es tanto un acto de culto como lo es la oración”. 95 Es importante que la congregación escuche con atención a las palabras predicadas, pero también que ofrezca una respuesta al mensaje recibido. 96

En este sentido el culto comunitario está orientado hacia Dios en adoración y hacia la iglesia en edificación, y debe moverse entre el orden y la vitalidad.

El futuro: la dimensión de la esperanza

Los escritos de Elena G. de White ofrecen también una dimensión escatológica a la adoración. Se anticipan para la iglesia tiempos caracterizados por la alabanza y la adoración. “En visiones de la noche pasó delante de mí un gran movimiento de reforma en el seno del pueblo de Dios. Muchos alababan a Dios. Los enfermos eran sanados y se efectuaban otros milagros. Se advertía un espíritu de adoración como lo hubo antes del gran día del Pentecostés”. 97 La experiencia de adoración tendrá además una proyección eterna. Entonces la humanidad, como la naturaleza “ofrecerá a Dios tributo de alabanza y adoración”. 98

La adoración constituye el verdadero eje del conflicto cósmico entre el bien y el mal originado en los cielos. 99

Ese conflicto escatológico probará la lealtad del pueblo de Dios hacia el único objeto de adoración. “El tiempo de angustia que espera al pueblo de Dios requerirá una fe inquebrantable. Sus hijos deberán dejar manifiesto que él es el único objeto de su adoración, y que por ninguna consideración, ni siquiera de la vida misma, pueden ser inducidos a hacer la menor concesión a un culto falso”. 100

Elena G. de White relaciona la controversia final entre la verdadera y la falsa adoración con la actitud de los hombres hacia la ley de Dios. Asegura que este tema dividirá a la humanidad en dos grupos diferentes. El triple mensaje del Apocalipsis 14 es una exhortación a la adoración al Creador mediante la obediencia a sus mandamientos. 101 “En vista de que los que guardan los mandamientos de Dios están puestos así en contraste con los que adoran la bestia y su imagen y reciben su marca, se deduce que la observancia de la ley de Dios, por una parte, y su violación, por la otra, establecen la distinción entre los que adoran a Dios y los que adoran a la bestia”. 102 La adoración hará la diferencia. “Al final de la lucha, toda la cristiandad quedará dividida en dos grandes categorías: la de los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y la de los que adoran la bestia y su imagen y reciben su marca”. 103

En particular la observancia del cuarto mandamiento será el asunto en cuestión que separará a los auténticos de los falsos adoradores. 104

La adoración es ciertamente central en el conflicto escatológico y se relaciona estrechamente con el destino eterno de los hombres.

Elena G de White dedica al tema de la adoración un espacio significativo. En su concepto la adoración se dirige a Dios como objeto divino. El Dios trascendente e inmanente es quien origina y orienta la adoración. La criatura humana es el sujeto que responde en forma activa e integral a la vocación divina. La redención obrada por Jesucristo genera y habilita la adoración de los creyentes, quienes responden al Salvador en fidelidad y compromiso. La adoración se manifiesta en la vivencia personal y corporativa en armonía con la dinámica y el orden de la iglesia. La adoración se proyecta finalmente hacia tiempos escatológicos en los cuales aparece como el centro que distinguirá a los auténticos de los falsos hijos de Dios.

 

Bibliografía consultada

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  6. Profetas y reyes (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1957), 34.

  7. Alza tus ojos (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1982), 36.

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  25. Ibíd., 490-491, 504-505; La historia de la redención, 401-402.

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  30. Joyas de los testimonios, 2:193-203; El camino a Cristo, 101-104.

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  36. El deseado de todas las gentes, 159-160.

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  42. Palabras de vida del gran maestro, 100, 240, 273.

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  45. Conflicto y valor, 234.

  46. Consejos sobre la salud (Coral Gables, Florida: Asociación Publicadora Interamericana, 1989), 568.

  47. Palabras de vida del gran maestro, 240.

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  51. El ministerio de curación (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1975), 402; La educación (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1964), 186-187.

  52. En los lugares celestiales (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1967), 16.

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  93. Joyas de los testimonios, 2:193.

  94. Signs of the Times, June 24, 1886.

  95. Patriarcas y profetas, 645. Véase además La educación, 164.

  96. Signs of the Times, June 24, 1886.

  97. Consejos sobre la salud, 582.

  98. Conducción del niño (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1974), 538.

  99. Patriarcas y profetas, 15; El conflicto de los siglos, 13; La maravillosa gracia de Dios, 161.

  100. Profetas y reyes, 376.

  101. El conflicto de los siglos, 489-491, 495.

  102. Ibíd., 499.

  103. Ibíd., 503.

  104. Ibíd., 499-500, 502, 503, 611; Mensajes selectos (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Association, 1986), 3:485-486; El evangelismo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1975), 174.

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