Guías o lecciones de la Escuela Sabática para el Estudio de la Biblia

Lecciones para adultos: "Esdras y Nehemías"

Edición para maestros. Cuarto trimestre (octubre-diciembre) de 2019

Lección 7: "Nuestro Dios perdonador"

Para el 16 de noviembre de 2019

 

Reseña | Comentario | Aplicación a la vida

 

Ir ArribaPRIMERA PARTE: RESEÑA

Texto Clave: Nehemías 9:17.

Enfoque del estudio: Nehemías 9.

Nehemías 9 registra una oración de confesión por parte del pueblo de Israel. El día 24 del séptimo mes, los israelitas se reunieron nuevamente para un período de confesión, oración y ayuno.

Una vez más, el día comienza con la lectura del Libro de la Ley. La inmersión en la Palabra de Dios es convincente; corporativamente el pueblo acude a Dios arrepentido. No obstante, no solo se arrepiente de sus pecados del momento, sino también de los pecados de la nación a lo largo de su historia.

Ellos relatan todo lo que la nación ha hecho desde los tiempos de Abraham al no seguir a Dios. Esto muestra un patrón de dificultades para andar con Dios, hasta abandonarlo. Sin embargo, Dios se acerca a ellos vez tras vez y los rescata. Admirablemente, las lecturas de la Torá los llevan a reconstruir una historia del fracaso humano y el triunfo de Dios. La oración comienza y termina con alabanzas a Dios, mientras que también le piden que intervenga una vez más en su favor.

Se les recordó que así como Dios fue fiel en el pasado, continuará cuidándolos ahora. A pesar de las dificultades que soportan en su tierra natal mientras construyen el Templo, los muros y la ciudad, Dios los ve y no los abandonará. Al final, se comprometen a firmar un pacto con Dios.

 

Ir Arriba SEGUNDA PARTE: COMENTARIO

Estructura de Nehemías 9

  1. El pueblo lee del Libro de la Ley (Neh. 9:1-3)

  2. Oración de confesión (Neh. 9:4-38)

    1. Alabanzas a Dios (Neh. 9:4-8)

    2. La fidelidad de Dios a pesar de la infidelidad de Israel en Egipto y en el desierto (Neh. 9:9-22)

    3. La bondad de Dios, a pesar de la infidelidad de Israel en la tierra de Canaán (Neh. 9:23-31)

    4. Alabanzas y peticiones a Dios (Neh. 9:32-38)

  3. Lectura del Libro de la Ley

La ocasión estuvo bien organizada: los levitas leyeron las Escrituras durante una cuarta parte del día y luego, durante varias horas más, el pueblo confesó sus pecados y errores y adoró a Dios. Imagina la poderosa experiencia de leer la Biblia o escucharla durante muchas horas seguidas, seguida de confesión y alabanzas a Dios por varias horas más, lo que parece casi increíble para una asamblea tan grande. Esa devoción requería una atención increíble y una sed increíble de Dios.

Quizá lo que llevó al pueblo a buscar a Dios con perseverancia fue el deseo de ver a Dios actuando. Ellos estaban preocupados. Su ansiedad se demuestra en la petición de su oración: “No permitas que todas las privaciones que hemos sufrido te parezcan insignificantes” (Neh. 9:32, NTV). En otras palabras, el pueblo le está pidiendo a Dios que no pase por alto todo lo que les estuvo sucediendo: las naciones vecinas no los reciben en su propia tierra; han soportado persecución; y se están esforzando mucho, tratando de reconstruir su ciudad amada. Le piden a Dios que intervenga, que actúe, que vea, que oiga y que responda. Al final de la reunión, los líderes invitan a toda la asamblea a ponerse de pie. Entonces comienzan a clamar al Señor y elevan la oración registrada en Nehemías 9:5 al 38, que está entre las mejores oraciones registradas en la Biblia.

Oración de confesión

Las oraciones públicas colectivas las confesiones, registradas en Nehemías 9, demuestran una profunda comprensión de la naturaleza del pecado, al igual que el reconocimiento de su falta de amor por el prójimo. El pueblo ayunó y se echó polvo sobre la cabeza, señales externas de humildad ante Dios. El planteamiento humilde de los pecados pasados ​​de la nación demostró que los cautivos repatriados se daban cuenta de la facilidad con que podían caer en el mismo curso de desobediencia e infidelidad a Dios que sus antepasados. No querían repetir el ciclo.

Los israelitas reconocieron los pecados de su nación que los habían llevado al exilio. Habían expulsado a Dios de su vida; de hecho, dijeron: “¡Dios, no te queremos!”Como Dios respeta nuestros deseos y no se impone sobre sus súbditos, dejó que su pueblo experimentara las consecuencias de rechazarlo. Quizá la mejor descripción de lo que sucede cuando expulsamos a Dios está en el libro de Ezequiel. Ezequiel pinta el cuadro de Dios saliendo de Israel después de enviar una advertencia tras otra al pueblo (Eze. 5:11; Eze. 8:6). Cuando el pueblo no lo quiere, Dios se marcha. Su trono se muda al monte de los Olivos y cuando su presencia abandona Jerusalén, la destrucción los alcanza (ver además Mat. 23:37, 38). Cuando se retira la protección de Dios, Satanás se instala, porque “como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Ped. 5:8).

Ahora el pueblo de Israel repasa todo lo que había hecho como nación. Se horrorizan de lo mal que siguieron a Dios. Además, cada uno es consciente de su propia insuficiencia al andar con Dios.

Sin embargo, también vieron un patrón en la fidelidad de Dios. Como en el libro de Ezequiel, su historia no termina cuando Dios sale de Jerusalén (Eze. 43:1-5; Eze. 48:35). Pero cuando son deportados a Babilonia, Dios se muda con ellos a Babilonia. Él nunca dejaría a su pueblo. Permitió que se alejaran un poco para despertarlos y atraerlos para que anden con él, pero nunca los soltó. Al final del libro de Ezequiel, promete llevarlos de regreso a Jerusalén y volver allí con ellos. Los cautivos repatriados percibieron que Dios se mudó con ellos al volver a la tierra de Israel. Él estaba con ellos.

En Nehemías 9:20, el pueblo señala que Dios le dio su “buen Espíritu” para enseñarle [sakhal]. La palabra ya apareció en el capítulo 8; significa “entender, ser prudente y sabio”. Dios da los mejores regalos. El Espíritu Santo no solo es concedido a los creyentes del Nuevo Testamento, sino también a los creyentes del Antiguo Testamento. El Espíritu Santo les fue dado para enseñarles y para hacerlos sabios. Eso es lo que el Espíritu Santo hace por nosotros cuando permitimos que nos “enseñe”. Dios les dio a los israelitas todo lo que querían y necesitaban (el Espíritu Santo, comida, agua, reinos, tierras, victorias en la guerra, cisternas, viñedos, olivares y árboles frutales). Sin embargo, el pueblo se deleitaba solo con las cosas que Dios les dio, en vez de deleitarse en Dios. Curiosamente, cuando los tiempos difíciles golpean y el pueblo clama a Dios, él lo vuelve a escuchar. ¿Por qué? Por su gran misericordia.

La oración comienza al dirigirse a Dios: “Tú” (Neh. 9:5, 6), y termina con “nosotros”, mientras el pueblo clama a Dios en su desesperación y fragilidad (Neh. 9:37, 38). El contraste entre la bondad y la fidelidad de Dios y el pecado humano no se puede minimizar. La confesión de los pecados cambia la situación. Después de identificarse con el pecado de sus antepasados, finalmente declararon: “Nosotros […] actuamos con maldad” (Neh. 9:33, NVI).

Aunque el tema del arrepentimiento por el pecado está entramado a lo largo de la oración, se enfatiza el tema de la misericordia de Dios. La palabra para misericordia es rakhamim, que significa “compasión, misericordia y piedad”. Viene de la palabra rekhem, que significa matriz de una madre. Así como la madre nutre y ama a su hijo, la palabra rakhamim demuestra que Dios tiene amor y compasión por sus hijos. La palabra misericordia se repite seis veces en Nehemías 9 (Neh. 9:17, 19, 27, 28; dos veces en 9:31). Además, la palabra khesed aparece dos veces (Neh. 9:17 y 32). Khesed generalmente se traduce como amor constante pero también puede traducirse como bondad o misericordia. La idea de la misericordia y el amor de Dios se contrasta con la infidelidad del pueblo. El pueblo aportó todo lo que tenía para su propio provecho; y sin embargo, Dios no lo abandonó. Eligió adorar a otros dioses; y no obstante, Dios no lo abandonó. Como dice Nehemías 9:17: “Pero tú eres Dios que perdonas, clemente y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia, porque no los abandonaste”. Nuestro Dios siempre está dispuesto a perdonar y transformar nuestra vida.

Otra frase que los levitas repiten en la oración es “tú desde los cielos los oíste” (Neh. 9:27, 28). Cada vez que el pueblo clamaba a Dios, él siempre los escuchaba. Dios espera que lo invoquemos. Cada vez que lo hacemos, él oye. No ignora nuestras lágrimas o súplicas. A veces nos puede parecer que Dios guarda silencio porque no obtenemos las respuestas deseadas. Sin embargo, él se detiene cada vez que lo llamamos, como lo hizo con el ciego Bartimeo, que seguía llamando a Jesús porque quería ver (Mar. 10). Dios bajó al Monte Sinaí para hablar con el pueblo, aunque después este lo rechazó y en su lugar eligió un becerro de oro para adorar. ¿Por qué Dios nos busca sin cesar? Es porque anhela estar cerca de nosotros. Los israelitas reclamaron la promesa de que Dios siempre nos escucha. Como escuchó a sus antepasados, confían en que ahora también los escuchará a ellos y les responderá. Y así es.

 

Ir Arriba TERCERA PARTE: APLICACIÓN A LA VIDA

Así como los israelitas se dieron cuenta de que podían aprender de las experiencias y los fracasos de sus antepasados, nosotros también podemos aprender de los israelitas hoy.

  1. ¿Qué iniciativas de los israelitas esbozadas en su oración crees que se destacan como algo que también debemos tener en cuenta hoy?

  2. ¿Qué ha hecho Dios por ti en el pasado? Escríbelo en un pedazo de papel o dibuja una línea de tiempo de su intervención en tu vida, siguiendo estas instrucciones:

    1.  Describe la vida de tu familia y su caminar con Dios. Dibuja los altibajos y ponles nombre. Retrocede en el tiempo lo más lejos que puedas, graficando lo que sucedió dentro de la familia. Marca el momento en que los diferentes miembros de la familia aceptaron a Cristo. ¿Qué notas en el dibujo?

    2.  Ahora, haz lo mismo con tu propia vida en un pedazo de papel.

      1. Escribe en qué puntos puedes ver claramente la conducción de Dios.

      2. ¿Ves algún patrón? Si es así, ¿cuál es?

Aunque nuestros fracasos son reales, la esperanza que tenemos es que Jesús tiene misericordia de nosotros y nos cubre con su justicia. Así como los israelitas tenían la promesa de la gran misericordia de Dios, también la tenemos nosotros hoy. ¿Qué puedes poner en las manos de Dios, sabiendo que Dios está lleno de misericordia y amor por ti?

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