Guías o lecciones de la Escuela Sabática para el Estudio de la Biblia

Lecciones para adultos: "Hacer amigos para Dios: El gozo de participar en la misión"

Edición para maestros. Tercer trimestre (julio-septiembre) de 2020

Lección 5: "Testificar con el poder del Espíritu"

Para el 1 de agosto de 2020

 

Reseña | Comentario | Aplicación a la vida

 

Ir ArribaRESEÑA

Texto Clave: Hechos 4:32.

Enfoque del estudio: Juan 15:26, 27; 16:8; 2 Pedro 1:21; Hechos 2:41, 42; 16:6-33; 17:33, 34

La misión es la obra de Dios primero. Cooperamos con él para testificar a las personas perdidas al unirnos con el Espíritu Santo y ser fortalecidos por él. Sin el poder y la guía del Espíritu Santo, nuestros esfuerzos de testificación son en vano. Es posible que podamos convencer a alguien de ciertas verdades bíblicas, pero sin la profunda obra del Espíritu Santo en sus vidas, se producirán pocos cambios. Pueden cambiar sus creencias, pero no sus corazones. Puede haber una conformidad externa con la verdad, pero no habrá una transformación que cambie la vida a la semejanza de Cristo que solo el Espíritu Santo puede traer.

En la lección de esta semana, estudiaremos el papel del Espíritu Santo en la testificación y su poderoso poder para cambiar nuestras vidas. Nuestro estudio analizará especialmente los ejemplos registrados en el libro de Hechos que revelan la notable obra del Espíritu Santo en la vida de los no creyentes. Estos incrédulos provenían de diversos orígenes culturales. Sus experiencias de vida eran diferentes. Algunos eran educados y otros sin educación. Algunos eran ricos y otros pobres. Algunos eran judíos y otros gentiles. Venían de diferentes continentes y veían la vida de manera diferente; sin embargo, todos fueron impactados por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo no hace acepción de personas. Él puede transformar a cualquier individuo que esté abierto a su influencia. El propósito principal de la lección de esta semana es revelar que a medida que cooperamos con el Espíritu Santo, veremos el poder milagroso de su gracia.

 

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Los capítulos principales sobre el ministerio del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento relatan el discurso de Jesús en Juan 14 al 16. El Espíritu Santo es nuestro ayudante, el paracleto, que viene junto a nosotros, fortalece nuestro testimonio, guía nuestras palabras y potencia nuestro servicio para Cristo. Testificar nunca se trata de nosotros. Siempre se trata de Jesús. El propósito del ministerio del Espíritu Santo es “testificar” de Jesús. Nuestro Señor lo dijo claramente: “Pero cuando venga el Consolador [griego: parakletos], a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también” (Juan 15:26, 27).

Nota cuidadosamente que el Espíritu Santo da testimonio y testifica, y nosotros también damos testimonio. El comentarista bíblico Matthew Henry afirma: “La obra del Espíritu no es sustituir la nuestra, sino motivarla y alentarla”. Matthew Henry’s Commentary on the Whole Bible, t. 5, p. 915. Nuestra tarea es cooperar con el Espíritu Santo para guiar a las personas hacia Jesús y su verdad. Es obra del Espíritu Santo convencer y convertir. Es la obra del Espíritu Santo revelar la verdad y la justicia. Es la obra del Espíritu Santo colocar en el corazón un deseo de hacer lo correcto y colocar en la mente el poder de elegir lo correcto.

Una explosión de crecimiento de la iglesia en Hechos

Cuando Jesús les dijo a sus discípulos que el poder del Espíritu Santo vendría sobre ellos y que serían testigos “hasta lo último de la tierra” (Hech. 1:8), debieron haberse preguntado cómo podría ser posible. ¿Cómo podría este pequeño grupo de creyentes impactar el mundo alguna vez? ¿Cómo podrían cumplir el mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”? (Mar. 16:15). Eran un puñado insignificante de creyentes, en gran parte sin educación. Tenían pocos medios y una gran tarea. Algunos dirían una tarea imposible. Sin embargo, entendieron que, en el poder del Espíritu Santo, “nada hay imposible para Dios” (Luc. 1:37).

Ellos oraron. Buscaron a Dios. Confesaron sus pecados. Se arrepintieron de sus actitudes egoístas. Las barreras entre ellos fueron derribadas. Se acercaron más a Dios y a los demás. Durante los diez días en el aposento alto, sus vidas cambiaron. Ahora estaban listos para el derramamiento del Espíritu Santo, y en Pentecostés Dios derramó su Espíritu en abundancia. Tres mil fueron convertidos en un día. En Hechos 4, miles más creyeron. En un tiempo relativamente muy breve, la iglesia del Nuevo Testamento explotó en crecimiento.

En Hechos 4:31 al 33, obtenemos un breve vistazo en un versículo corto de la experiencia espiritual continua de estos primeros creyentes y el ministerio continuo de la iglesia. “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios” (Hech. 4:31). Observa tres datos aquí: ellos oraron; fueron llenos del Espíritu Santo; hablaron la Palabra de Dios con una confianza nacida en el crisol de la oración. Hechos 4:33 agrega: “Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos”. El verbo griego “daban” en este pasaje es apodidomi, que literalmente se puede traducir “entregar lo que es debido”. Redimidos por su gracia, transformados por su amor, los discípulos sintieron una compulsión interna por compartir su fe. No pudieron guardar silencio.

Al comentar sobre Hechos 4:33, el Comentario bíblico adventista declara: “El testimonio de los apóstoles fue presentado no con su propia fuerza sino con un poder que nunca podrían haber producido dentro de sí mismos. El que les daba energía era el Espíritu divino” (CBA 174). Es el Espíritu Santo quien siempre da poder al testimonio genuino y auténtico y lo hace efectivo en los corazones de los no creyentes. La testificación de los creyentes del Nuevo Testamento traspasó las barreras culturales. Los llevó a cruzar continentes. Los condujo a ciudades y pueblos, a través de desiertos áridos, a través de mares tormentosos y por senderos empinados de montaña.

Llenos del Espíritu Santo, estos creyentes del Nuevo Testamento plantaron iglesias (Hech. 9:31), rompieron los esquemas sociales y las tradiciones culturales (10-15), e implantaron el mensaje del evangelio en todo el mundo mediterráneo. El Espíritu Santo los guió en un notable viaje de fe que resultó en decenas de miles que aceptaron a Jesús.

El Espíritu Santo abre y cierra puertas

Hay momentos en que el Espíritu Santo cierra una puerta, solo para abrir otra. Esta verdad se ilustra en la vida del apóstol Pablo. En su segundo viaje misionero, Pablo fue “prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia” (Hech. 16:6).

Perplejos y preguntándose a dónde los estaba guiando Dios, Pablo y su equipo de evangelización atravesaron Asia, decididos a predicar el evangelio en Bitinia, pero “el Espíritu no se lo permitió” (16:7). El objetivo de Pablo era solamente servir a Cristo y predicar el evangelio, pero por todas partes las puertas se le cerraban. Luego, milagrosamente, Pablo tuvo un sueño: “Un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hech. 16:9). En ese momento, Dios cerró la puerta a ciertas regiones geográficas en Asia, porque la puerta de un continente entero estaba abierta al evangelio. Cuando el Espíritu Santo cierra una puerta, abre otra.

Dios es el Dios de la puerta abierta. Una de las funciones del Espíritu Santo es abrir corazones al evangelio. Él convence al mundo de pecado, justicia y juicio. El mismo Espíritu Santo que abrió el corazón de Lidia, una esclava, el carcelero romano, un juez romano, Crispo (el principal de una sinagoga) y Dionisio todavía está abriendo corazones y mentes al evangelio hoy. El mismo Espíritu Santo que preparó una comunidad de retiro romana, Filipos, para la predicación de Pablo está preparando comunidades hoy. El mismo Espíritu Santo que fue antes de Pablo a Tesalónica, una comunidad obrera, nos ha precedido para preparar el camino para las grandes reuniones de evangelización pública de hoy. El mismo Espíritu Santo que trabajó en la sofisticada Atenas y la decadente Corinto todavía está trabajando en las ciudades de nuestro mundo para crear una receptividad al evangelio.

El mismo Espíritu Santo que trabajó en épocas pasadas sigue trabajando hoy. Todavía hay poder en la Palabra de Dios para transformar vidas por el poder del Espíritu Santo. Según el apóstol Pedro, la Biblia fue escrita porque los “santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Ped. 1:21). El mismo Espíritu Santo que inspiró la Biblia trabaja a través de la Palabra de Dios para cambiar de opinión y transformar vidas a medida que compartimos la Palabra. El poder de la testificación en el Nuevo Testamento era el poder del Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios para cambiar vidas. Los apóstoles compartían la Palabra. Eran estudiosos de la Palabra. El Espíritu Santo trabajó a través de hombres y mujeres llenos del Espíritu cuyas mentes estaban llenas de la Palabra de Dios.

 

Ir Arriba APLICACIÓN A LA VIDA

Ilustración

Se cuenta la historia de una pareja que ordenó un refrigerador nuevo. Todo parecía funcionar bien cuando el repartidor instaló su nuevo electrodoméstico. Llenaron su refrigerador con comida y luego salieron de la casa por unas vacaciones de dos semanas. Cuando regresaron y abrieron la puerta del refrigerador, fueron recibidos con un olor horrible. La fruta se había echado a perder, las verduras estaban podridas y el resto de la comida estaba putrefacta. Descubrieron que había habido un corte de energía mientras estaban fuera. Su comida tuvo que ser desechada. Cuando se corta la fuente de alimentación, la comida se echa a perder. Del mismo modo, cuando el poder del Espíritu Santo ya no fluye a través de nuestras vidas hacia los demás, nuestro testimonio no solo es ineficaz, sino también se echa a perder. No podemos facilitar la producción del fruto del Espíritu Santo en la vida de los no creyentes, si el fruto del Espíritu no se manifiesta en nuestras vidas porque estamos “desconectados” de Dios, y la fuente de poder se corta.

Reflexiona sobre las siguientes preguntas:

  1. ¿Estás conectado a la Fuente de todo poder? ¿Qué significa ser lleno del Espíritu Santo?

  2. ¿Existe alguna barrera entre ti y otra persona que pueda obstaculizar tu efectividad como testigo?

  3. ¿Alguna vez has intentado testificar con tu propia fuerza en lugar de la fuerza del Espíritu Santo?

  4. ¿Cuál es tu actitud hacia la testificación? ¿Crees que el Espíritu Santo está abriendo puertas de oportunidad en tu comunidad? ¿Estás abriendo regularmente puertas de oportunidad en la vida de las personas con las que te encuentras cada día?

  5. Hagamos una pausa, y oremos en silencio por oportunidades para compartir el amor y la verdad de Dios con personas específicas a nuestro alrededor.

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