Guías o lecciones de la Escuela Sabática para el Estudio de la Biblia

Lecciones para adultos: "Descanso en Cristo"

Edición para maestros. Tercer trimestre (julio-septiembre) de 2021

Lección 3: "Las raíces del descontento"

Para el 17 de julio de 2021

 

Reseña | Comentario | Aplicación a la vida

 

Ir ArribaRESEÑA

Un pastor cuenta la fascinante historia de una visita a un antiguo fortín indígena al noroeste de Nueva York. Era un lugar remoto, pero el fuerte aún estaba bien conservado. Esta zona estuvo poblada por indígenas estadounidenses durante siglos. Cada año, miles de turistas visitaban el fuerte. El pastor preguntó al guía si alguno de los visitantes había encontrado puntas de flecha indígenas alguna vez. El guía sonrió y respondió: “Sí, en la puerta principal del fuerte, justo donde estás parado”. El pastor se preguntó cómo podría ser eso. Decenas de personas caminaban por ese lugar todos los días, ¿por qué no habían encontrado ni una bendita punta de flecha india? Luego, el guía le explicó que las puntas de flecha estaban precisamente debajo de la superficie. El mejor momento para encontrarlas era justo después del invierno, durante el deshielo de primavera. Estuvieron allí todo el tiempo; bajo las condiciones adecuadas, aparecieron.

En la lección de esta semana, “Las raíces del descontento”, estudiaremos actitudes que a menudo están ocultas a la vista y sacan la cabeza de tanto en tanto. Actitudes como el orgullo, el egoísmo, la ambición enfermiza y la hipocresía caracterizan con demasiada frecuencia la vida de los cristianos y empañan nuestro testimonio. El apóstol Pablo nos aconseja que miremos con diligencia, “no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:15). Las raíces del mal subsisten en todos nuestros corazones. Estas raíces, si no se afrontan, producen brotes, que luego producen frutos malos. Esta semana, examinaremos cuidadosamente algunas de estas raíces y estudiaremos formas de reconocerlas, y luego, por la gracia de Dios, las arrancaremos de nuestra vida.

 

Ir Arriba COMENTARIO

Una mirada casual a las declaraciones de Jesús en Mateo 10:34 al 39 puede causar confusión. Si Jesús es el Príncipe de Paz, ¿por qué dijo que no vino para traer paz a esta tierra, sino espada? (Mat. 10:34). ¿Por qué indicó que “los enemigos del hombre serán los de su casa”? (10:36); y ¿por qué dice: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (10:37)? Aquí hay tres asuntos importantes. Jesús quería que sus seguidores reconocieran el costo del discipulado. Cuando una persona acepta a Cristo y se compromete a seguirlo, el diablo se enfada. No debería sorprendernos que haya oposición al evangelio. Le hemos declarado la guerra a Satanás y estamos inmersos en una batalla contra todas las fuerzas del infierno. Jesús está señalando en estos pasajes que la paz, la verdadera paz, proviene de seguirlo en medio de la batalla. Los problemas aquí se relacionan con la lealtad. Aunque Jesús nos invita a cada uno de nosotros a respetar a nuestra familia, tenemos una lealtad superior. La paz inunda nuestro corazón cuando ponemos a Cristo en primer lugar en nuestra vida y tenemos la seguridad de su presencia.

La condescendencia de Cristo

El apóstol Pablo revela una de las descripciones más detalladas de la condescendencia de Cristo en toda la Escritura. Algunos teólogos han llamado a esto la “cascada del amor de Dios”. En Filipenses 2:5 al 7, Pablo declara: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (énfasis añadido). Observa el contraste entre estas dos expresiones, la forma de Dios y la forma de siervo. La palabra griega para “forma” es “morphe”, que también se puede traducir como “la esencia de” o tener la “naturaleza de”. Jesús era igual al Padre en la esencia misma de su naturaleza. Cristo existió con el Padre desde toda la eternidad como coigual y coeterno. “Se despojó a sí mismo”, o, traducido literalmente, se despojó de los privilegios y las prerrogativas que lo igualan a Dios, y se convirtió en hombre. No solo se hizo hombre, llegó a ser el más humilde de los hombres, un siervo. No solo se hizo siervo, se convirtió en un siervo humilde y obediente. No solo se convirtió en un hombre humilde y obediente, sino además murió en la cruz, la más horrible de todas las muertes. Jesús, nuestro Señor eterno, nuestro Creador todopoderoso, al que todo el universo sirve, se convirtió en el servidor de todos. La vida de Jesús ilustra gráficamente que una vida de servicio abnegado es una vida de descanso y gozo duraderos.

La vida de servicio amoroso y abnegado de Cristo contrasta directamente con la historia de dos hermanos, que Jesús relató en Lucas 12:13 al 31. Estos dos jóvenes egoístas estaban discutiendo sobre la herencia que iban a recibir de la propiedad de su padre. Vinieron a Jesús y le pidieron que mediara en su disputa. Jesús se negó, al señalar abiertamente que la paz y el gozo verdaderos provienen de dar, no de retener. Somos verdaderamente felices cuando hacemos felices a los demás, no cuando tratamos de manipularlos para que nos hagan felices a nosotros.

La ambición, el orgullo y el corazón de la cristiandad

Durante la Última Cena, en uno de los momentos más solemnes de la historia de la humanidad, los discípulos aún debatían quién sería el mayor en el Reino. En la víspera de la traición y el juicio de Cristo, todavía creían que él iba a establecer un reino terrenal, y si lo llegaba a establecer, querían el primer lugar en este nuevo reino. Esta no fue la primera vez que hubo rivalidad entre ellos sobre quién sería el más grande en su reino. Hay una historia en Mateo 20:20 al 28 que revela el núcleo de lo que realmente es el cristianismo. Describe poderosamente la esencia de lo que significa ser un seguidor de Cristo.

Este es el trasfondo de la historia. Jesús está de camino a Jerusalén por última vez. Ha intentado sin éxito explicar a sus discípulos que pronto será rechazado, juzgado, acusado falsamente y crucificado. Por alguna razón, las presuposiciones de los discípulos sobre el Mesías les han impedido comprender la naturaleza de su misión. Filtran lo que Jesús dice a través de las ideas equivocadas de grandeza terrenal que se arremolinan en su mente. Sus ideas de prominencia en un nuevo reino y de grandeza mundana son la base de la solicitud de la madre de Santiago y Juan, que se encuentra en Mateo 20:20 y 21.

“Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda” (20:21).

Santiago y Juan, junto con Pedro, formaban parte del círculo íntimo de Cristo. Eran algunos de sus compatriotas más cercanos. El mismo Jesús, ¿no había dicho poco antes: “De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel” (19:28)?

¿No era lógico que Santiago y Juan pensaran que si Jesús iba a Jerusalén para establecer su Reino eterno, ellos más que nadie merecían estar cerca de él en su Trono? Eran quienes habían estado más cerca de él durante su ministerio. Eran sus confidentes, sus seguidores más cercanos. Creían que merecían esta posición de honor y privilegio.

Los demás discípulos, obviamente, estaban angustiados por este intento de Santiago y Juan de abrirse paso a codazos para ocupar el primer lugar en el reino. La respuesta de Jesús es atemporal. Habla al corazón del cristianismo auténtico. Llamando a los discípulos, Jesús les dijo: “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mat. 20:25-28).

El principio de este mundo es acaparar; el principio del Reino de Cristo es dar. El principio de este mundo es la exaltación propia; el principio del Reino de Cristo es la abnegación. El principio de este mundo es centrarse en el yo; el principio del Reino de Cristo es centrarse en los demás. Jesús sabía lo que estaba pasando por la mente de los discípulos y habló al corazón mismo de la vida cristiana. En el mundo, dijo Jesús, es muy cierto que la persona importante es la que controla a los demás. Una figura tan importante es el jefe, y los demás deben obedecer sus órdenes. Con solo una palabra, esta persona puede exigir que la sirvan para satisfacer hasta su menor necesidad. Afuera, en el mundo, estaba el gobernador romano con sus insignias y su séquito, el potentado oriental con sus esclavos, el comerciante rico con sus sirvientes, y el terrateniente con sus propiedades. El mundo los considera grandes, pero en la apreciación de Cristo, solo el servicio es la insignia de la grandeza. La grandeza no consiste en mandar a otros a hacer cosas por nosotros; consiste en hacer cosas por los demás. Esta es la revolución cristiana; este es un trastorno absoluto de los criterios del mundo. Es un nuevo conjunto de valores.

“En los reinos del mundo la posición significaba engrandecimiento propio. Se obligaba al pueblo a existir para beneficio de las clases gobernantes. La influencia, la riqueza y la educación eran otros tantos medios de obtener el dominio de las masas humanas para el uso de los líderes. Las clases superiores debían pensar, decidir, disfrutar y gobernar; las inferiores debían obedecer y servir. La religión, como todas las demás cosas, era asunto de autoridad. Se esperaba que el pueblo creyera y practicara lo que les indicaban sus superiores. Se desconocía totalmente el derecho del hombre como hombre, de pensar y actuar por sí mismo.
“Cristo estaba estableciendo un Reino sobre principios diferentes. Él llamaba a los hombres no a asumir autoridad, sino a servir, a sobrellevar los fuertes las flaquezas de los débiles. El poder, la posición, el talento y la educación colocaban a su poseedor bajo una obligación mayor de servir a sus semejantes” (DTG 504).

 

Ir Arriba APLICACIÓN A LA VIDA

Al contemplar la vida de Jesús, nuestra vida se transforma. Nos volvemos como Aquel que más admiramos. Somos transformados a su semejanza al contemplar su gracia, misericordia, compasión y bondad en su Palabra. Su vida de abnegación nos inspira a mirar más allá de nosotros mismos, a las necesidades de los demás. Alguien ha dicho con razón: “Cualquiera envuelto en sí mismo es un paquete muy pequeño”. Para profundizar la impresión de la lección de esta semana, aquí presentamos una tarea práctica para esta semana:

  • Busca un lugar tranquilo para estar solo y pide a Dios que te ayude a ver una necesidad específica en alguien cercano a ti.

  • Una vez que el Espíritu Santo te impresione con esta necesidad en la vida de esa persona, pregunta a Dios qué puedes hacer para satisfacer esa necesidad. La necesidad podría ser algo tan simple como invitar a cenar a un vecino anciano solitario, ofrecer a una madre sola cuidar de los hijos, consolar a una persona diagnosticada con cáncer, animar a un joven o dar clases particulares a un niño.

  • Decide concretamente que dedicarás tiempo a bendecir a otra persona dentro de tu esfera de influencia. Al bendecir a otra persona, a la vez recibirás bendiciones sin medida.

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