Guías o lecciones de la Escuela Sabática para el Estudio de la Biblia

Lecciones para adultos: "Descanso en Cristo"

Edición para maestros. Tercer trimestre (julio-septiembre) de 2021

Lección 7: "El descanso, las relaciones y la salud"

Para el 14 de agosto de 2021

 

Reseña | Comentario | Aplicación a la vida

 

Ir ArribaRESEÑA

En la lección de esta semana, estudiaremos el poder del perdón. La idea del perdón plantea interrogantes en muchas personas. ¿Qué es el perdón? Si perdonamos a alguien que nos ha hecho mucho daño antes de que se arrepienta, ¿estamos justificando su comportamiento? Si perdonamos a una persona, ¿significa eso que debemos establecer o restablecer una relación cercana con ella? El perdón, ¿restablece siempre las relaciones?

La vida de José ilustra el poder del perdón. A lo largo de su vida, fácilmente podría haber fomentado la ira hacia sus hermanos, la amargura hacia los traficantes de esclavos y el resentimiento hacia Potifar. Sin embargo, no hay ni un indicio de ninguna de estas cualidades negativas en la vida de José. Es un excelente ejemplo de la gracia del perdón.

Durante la lección de esta semana, veremos cómo el perdón nos libera del veneno de la amargura. El perdón nos cambia. Nos libera de la esclavitud del resentimiento. El corazón de José se llenó de perdón antes de que sus hermanos se lo pidieran, porque sintió que Dios tenía un propósito primordial para su vida. Sus hermanos sufrieron la culpa de su accionar durante años. Estaban atormentados por el recuerdo de esa última mirada persistente en el rostro de su hermano cuando se lo llevaban como esclavo. Así como José necesitaba perdonar, ellos necesitaban el perdón. El perdón facilita el restablecimiento de las relaciones quebradas.

Jesús y José comparten algunas similitudes sorprendentes. Ambos fueron traicionados por sus más allegados. Ambos fueron condenados injustamente. Ambos fueron acusados falsamente y sufrieron las consecuencias. Ambos perdonaron y fueron exaltados por Dios. Jesús, pendiendo de la cruz con clavos en las manos y los pies, y la sangre fluyendo libremente de cada uno de sus miembros, clamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Podemos perdonar a los demás porque Jesús nos perdonó a nosotros, y ese es el tema de la lección de esta semana.

 

Ir Arriba COMENTARIO

El perdón es una actitud de gracia para aquellos que nos han hecho daño. Este no justifica su comportamiento pecaminoso; los libera de nuestra condena y los trata con amabilidad a pesar de lo que nos han hecho. El perdón auténtico no espera hasta que la persona que te ha hecho daño te pida que la perdones. El perdón auténtico opta por perdonar a los demás aunque no lo merecen, porque el amor de Dios llega a nosotros cuando no lo merecemos.

Cuando José se encontró con sus hermanos después de unos veinte años de separación, su actitud hacia ellos fue de perdón aun antes de que se lo pidieran. Jacob los había enviado a Egipto debido a la gran hambruna en la tierra; había oído que había alimento disponible en Egipto. Debido a que José supervisaba los suministros de alimentos, tenían que presentarse ante él para comprar grano. Como José les hablaba mediante un intérprete, había envejecido significativamente desde la última vez que lo vieron y se vestía como egipcio, no lo reconocieron. Él los reconoció inmediatamente. Después de ponerlos a prueba con una serie de preguntas sobre sus antecedentes y su familia, sintió que la aflicción de ellos por su pasado era auténtica.

Una vez que se convenció de la sinceridad de ellos, José se quebró y lloró incontrolablemente en presencia de ellos. Génesis 45:2 declara: “Entonces perdió el control y se echó a llorar. Lloraba con tanta fuerza que los egipcios podían oírlo, y la noticia pronto llegó hasta el palacio del faraón” (NTV). Su amor por ellos superó cualquier resentimiento por causa de lo que le habían hecho décadas antes. El perdón estuvo en su corazón todo el tiempo, porque el amor perdona. Una vez que José reveló quién era, sus hermanos temieron que pudiera buscar vengarse ahora que estaba en una posición de considerable poder. José veía el panorama más amplio. Entendía el propósito más amplio de Dios. Respondió a sus preocupaciones de esta manera: “Pero no se inquieten ni se enojen con ustedes mismos por haberme vendido. Fue Dios quien me envió a este lugar antes que ustedes, a fin de preservarles la vida” (Gén. 45:5, NTV). El diablo esperaba destruir el propósito de Dios para la vida de José, pero el Señor intervino milagrosamente. Incluso a través de los actos pecaminosos y traicioneros de los hermanos de José, Dios pudo cumplir sus propósitos. Al final de su vida, José volvió a asegurarle a su familia que no guardaba rencor contra ellos: “Pero José les respondió: ‘No me tengan miedo. ¿Acaso soy Dios para castigarlos? Ustedes se propusieron hacerme mal, pero Dios dispuso todo para bien. Él me puso en este cargo para que yo pudiera salvar la vida de muchas personas’ ” (50:19, 20).

Lo asombroso de la gracia de Dios es que donde abunda el pecado, la gracia de Dios abunda mucho más. El mal puede herirnos, pero Dios es el gran sanador. Dios venda nuestras heridas, sana nuestro corazón y restaura su imagen dentro de nosotros. El diablo no puede destruir el propósito de Dios en una vida consagrada a él.

Esto no justifica de ninguna manera un comportamiento abusivo. El comportamiento abusivo es terrible a los ojos de Dios. Recordarás que en Mateo 25:40 al 45 Jesús habla de los marginados, los desfavorecidos y los pobres. Abusar de cualquiera de los hijos de Dios es abusar de Cristo mismo. Por lo tanto, Jesús dijo: “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mat. 25:40). La incapacidad de perdonar a quienes nos han hecho daño limita la capacidad de Dios para sanarnos. Si José no hubiera perdonado a sus hermanos, un espíritu de amargura se habría arraigado en su relación con los demás y le habría impedido cumplir el propósito de Dios para su vida.

Recordarás la pregunta que Pedro le hizo a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” (Mat. 18:21). Una escuela de pensamiento rabínico enseñaba que debemos tener piedad y perdonar seis veces. Después de la sexta infracción, se debía hacer justicia. Pensando que agradaría al Maestro, Pedro preguntó si perdonar a alguien hasta siete veces era suficiente. En una respuesta clásica, Jesús le dijo: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mat. 18:22). Setenta veces siete es 490. Lo que Jesús estaba diciendo era simplemente esto: soporté mucho a Israel incluso en su apostasía y rebelión durante 490 años. Pedro, mi misericordia no tiene límites. Mi perdón está siempre presente. Mi amor nunca se puede agotar.

Perdonar porque somos perdonados

Efesios 4:32 es la base de todo verdadero perdón: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Perdonamos a los demás porque Cristo nos ha perdonado. Su perdón es la base de todo nuestro perdón. Recuerda su oración desde el monte Gólgota: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Si Cristo pudo perdonar a sus enemigos cuando no lo merecían, nosotros podemos perdonar a otros aun si no lo merecen. Si él pudo perdonar a quienes le causaron tanto dolor, nosotros, por su gracia, podemos perdonar a quienes nos causan dolor.

A continuación hay tres maravillosas historias de perdón de la vida real:

Perdón para los pródigos adventistas

Nuestra primera historia es sobre una familia adventista activa en la iglesia y muy conocida en la comunidad. Su hija se fue de la casa porque pensaba que la religión era aburrida. Para satisfacer su sed de placer, festejaba con su novio, se volvió adicta al tabaco, bebía mucho y pasaba gran parte de su tiempo en los clubes nocturnos de las ciudades. Como no podía llenar su vacío interior, finalmente recobró el sentido. Llamó a sus padres. “Mamá y papá, quiero volver a casa”. Los había avergonzado tanto. ¿Podrían aceptarla, perdonarla, darle la bienvenida a su regreso? A la luz de la Cruz, la recibieron en casa. Hoy ella está creciendo en la gracia.

Él era hijo de un pastor, pero se relacionó con las drogas cuando era adolescente. A la larga abandonó los estudios y llevó una vida sin propósito. Sus padres nunca dejaron de orar por él, amarlo, perdonarlo, y a la luz de la Cruz, lo recibieron en casa. Hoy es pastor.

Ella era una joven que tuvo una caída moral en un campamento juvenil de fin de semana. Se sintió culpable y avergonzada. ¿Sería condenada al ostracismo o perdonada? Los líderes de la iglesia se acercaron con amoroso perdón. Muchas veces el perdón, aunque no siempre, restaura las relaciones. Hay momentos en que una relación está tan destrozada, que aunque el perdón cura al que ha sido herido, no puede restaurar la relación.

El perdón es básico en todas las relaciones humanas

El perdón es un atributo de Cristo que fluye del Calvario y es básico en todas nuestras relaciones. Es fundamental para las relaciones positivas entre esposos y esposas, padres e hijos, miembros de la iglesia y socios de trabajo. Si no puedes perdonar, tendrás un conflicto continuo en las relaciones humanas porque algún día, alguien te va a ofender. Si guardas rencor, si estás resentido, si albergas amargura, tus relaciones se deteriorarán. Las personas resentidas e implacables arrojan su veneno a los que las rodean. Las personas perdonadas y que perdonan son una influencia positiva dondequiera que vayan. La atmósfera que las rodea es de paz, por lo que la gente se siente en paz en su presencia. Han experimentado un amor sin medida en la Cruz, para poder amar a quienes las rodean.

El perdón fluyó del monte Calvario ese viernes que Jesús pendía de la cruz al morir. Hay compasión en la Cruz. Hay gracia en el Gólgota. En la Cruz, el perdón triunfa sobre el miedo, el amor triunfa sobre el odio, la reconciliación triunfa sobre el resentimiento y la gracia vence a la culpa.

 

Ir Arriba APLICACIÓN A LA VIDA

Hay dos tipos de culpa: la culpa moral y la culpa psicológica. La culpa moral es la que experimentamos porque pecamos contra Dios y herimos a los demás. Cuando confesamos nuestros pecados a Dios, él nos perdona. Su Palabra declara: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados” (1 Juan 1:9). El perdón instantáneamente es nuestro cuando confesamos nuestros pecados. El perdón está escrito al lado de nuestro nombre en los libros de registros eternos del cielo. ¿Por qué a veces nos sentimos culpables después de haber confesado nuestros pecados? Una razón, por supuesto, es que a menudo Satanás no quiere que experimentemos el gozo del perdón. Pero puede haber otra razón. Nuestra culpa moral desaparece cuando confesamos nuestros pecados, pero la culpa psicológica puede seguir. El apóstol Pablo oró por una conciencia “sin ofensa ante Dios y ante los hombres” (Hech. 24:16). Cuando Dios nos perdona y experimentamos su gracia, anhelamos hacer todo lo posible para restaurar las relaciones dañadas. A veces, esto significa acercarnos a quienes hemos herido y pedirles perdón. Puede significar una llamada telefónica, una carta o un mensaje de texto para iniciar la conversación.

¿Has ofendido a alguien recientemente? ¿Hay una relación rota que necesitas reparar? ¿Hay alguien que te haya lastimado a quien necesites perdonar? Si has ofendido o herido a alguien, ¿por qué no pedir a Dios que te ayude a saber cómo reparar esa relación? Ora pidiendo hacer algo muy específico para restaurar la relación. Si alguien te ha herido profundamente, pide a Dios que te dé la gracia de perdonar a esa persona. Tanto si necesitas pedir perdón como si necesitas perdonar, descubrirás que la gracia de Dios es suficiente para ti.

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