Guías o lecciones de la Escuela Sabática para el Estudio de la Biblia

Lecciones para adultos: "En el crisol con Cristo"

Edición para maestros. Tercer trimestre (julio-septiembre) de 2022

Lección 8: "Ver al Invisible"

Para el 20 de agosto de 2022

 

Reseña | Comentario | Aplicación a la vida

 

Ir ArribaRESEÑA

Texto Clave: Hebreos 11:27.

Enfoque del estudio: Isaías 40:27–31; Juan 14:1–14; Romanos 8:28–39; Efesios 1:18–23.

Introducción:

La fe es otro pilar de las tres virtudes teologales de 1 Corintios 13:13. Al igual que la esperanza, la fe es una realidad compleja y pertenece a nuestra naturaleza espiritual y relacional. El apóstol Pablo define la fe en relación con la esperanza y lo invisible: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb. 11:1). Como Dios es invisible, la única forma en que nos acercamos a él es por fe (Heb. 11:6). Sin embargo, como establece Hebreos 11:1, este acto de creer en él no es una imaginación humana ni un acto de autoproyección humana hacia lo absoluto. Nuestra fe surge de la evidencia de las promesas de Dios y las profecías cumplidas; de la evidencia de la creación de Dios; de la evidencia de la providencia y el cuidado de Dios por nosotros en nuestra historia personal o colectiva; de la evidencia de su amor por nosotros en la encarnación del Hijo cuando Dios se hizo carne, anduvo entre nosotros y murió en nuestro lugar (Juan 1:1-3, 14; 3:16, 36); y de la evidencia de que, en la resurrección de Cristo, él tiene poder sobre el mal, el pecado, el sufrimiento y la muerte (Efe. 1:18-21). Por estas evidencias, el creyente bíblico “ve” lo invisible por fe.

Temática de la lección:

La lección de esta semana destaca dos temas principales:

  1. La duda surge cuando no confiamos en Dios como la mejor solución a nuestros problemas.

  2. El mayor fundamento de nuestra fe es Cristo, su encarnación, su sacrificio por nosotros y su resurrección. Jesús es la evidencia divina de que él puede llevar nuestro pecado, sufrimiento y muerte sobre sí para que nosotros podamos vencer nuestros crisoles.

 

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Ver a Dios

¿A qué nos referimos los cristianos con “ver” a Dios? Desde que el pecado nos separó de Dios, y nos hizo atravesar el valle del sufrimiento y la muerte, anhelamos ver a Dios. Pero ¿qué significa ver a Dios en el contexto del pecado? Después de despertar de su sueño de la escalera que conectaba el cielo y la Tierra, Jacob concluyó que había visto a Dios “cara a cara” (Gén. 32:30). Se conoce también a Moisés como el profeta que habló con Dios “cara a cara” (Éxo. 33:11, Núm. 12:8; Deut. 34:10). Moisés incluso le declaró al pueblo de Israel que Dios les había hablado “cara a cara” (Deut. 5:4). Moisés también bendijo a Israel apelando a Dios para que “resplandeciera” y “volviera” su rostro sobre la nación y les concediera bendiciones, protección, providencia, paz y gracia (Núm. 6:25-27). De la misma manera, cuando Moisés expresa su deseo de conocer más a Dios, Dios le asegura que su “presencia” acompañará al pueblo de Israel (Éxo. 33:14). Sin embargo, Moisés desea un encuentro “cara a cara” y pide a Dios que le muestre su gloria divina (Éxo. 33:18; ver también Éxo. 3:6). Dios le explica a Moisés que nadie puede ver su rostro y vivir (Éxo. 33:20; ver también Isa. 6:5), y que los seres humanos son capaces de “ver” de Dios solo lo que muestra su gloria: su nombre, su bondad, su compasión y su misericordia (Éxo. 33:19, 21-23).

Asimismo, David estaba sediento de ver el rostro de Dios. Al igual que Job (13:24) cuando estaba angustiado, David siente como si Dios ocultara su rostro de él y de su pueblo (Sal. 13:1; 27:9; 30:7; 44:24; 69:17; 88:14; 102:2; 143:7; ver también Lev. 20:3, 6; Deut. 31:17, 18). Pero David encuentra aliento en la promesa de que Dios no esconde su rostro de los justos afligidos (Sal. 22:24; 24:6). Aun cuando está en problemas o sufre por el pecado, David pone su esperanza en Dios, quien lo salvará y hará brillar su rostro sobre David nuevamente (Sal. 17:15; 31:16; 80:3; ver también Sal. 51:9). Por lo tanto, David siempre puede cantar: “Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová” (Sal. 27:8; ver también Sal. 105:4; 119:58, 135).

Como dirigente del pueblo de Dios, David sabe que Israel será bendecido solo si Dios hace brillar su rostro sobre ellos (Sal. 4:6). Obviamente, David entiende, al igual que Jacob y Moisés, que el acto de ver el rostro de Dios es figurativo, no en el sentido literal. Esta figura señala la presencia de Dios entre su pueblo mediante el Espíritu Santo, el perdón divino, la salvación, la seguridad, el cuidado, la providencia, la protección, las bendiciones de salud y paz, las revelaciones proféticas y la conducción de Dios para con su pueblo en su existencia y misión. ¡Todos estos conceptos y experiencias representan “ver” a Dios mediante la fe!

Por supuesto, no podemos ver a Dios como es en su naturaleza divina. Estamos en el universo; Dios está con nosotros, pero también es trascendente o está más allá de nuestra realidad. Nosotros somos finitos; Dios es infinito. Además, nosotros somos pecadores; Dios es santo. Es por eso que simplemente no podemos ver a Dios como es en sí mismo. Pero podemos ver lo que decide revelarnos de sí mismo, y la forma en que lo hace. Lo que nos revela es su gloria en el universo, que es su creación y el dominio de su Reino. Él revela su amor y cuidado por nosotros mediante sus revelaciones y su providencia. Por esta razón, en Hebreos 11:1 y 6 el apóstol Pablo concluye que, en el contexto del pecado, la fe es “ver” las evidencias y las revelaciones proféticas de la existencia y la presencia de Dios con nosotros. El amor, por ejemplo, es materialmente “invisible”, pero es evidente en la manifestación de la persona que nos ama.

Por otro lado, literalmente podemos “ver” a Dios en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Jesús, siendo Dios, se hizo humano para poder morar entre nosotros a fin de que podamos “ver” la “gloria” de Dios y su “gracia” y “verdad” (Juan 1:14; ver también Mat. 1:23; Fil.2:6-9). Por eso Juan declara: “Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que es vida. Esta vida se manifestó. Nosotros la hemos visto y damos testimonio de ella, y les anunciamos a ustedes la vida eterna que estaba con el Padre y que se nos ha manifestado. Les anunciamos lo que hemos visto y oído, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:1-3, NVI).

Al compartir su testimonio sobre lo que había tocado, visto y oído, el apóstol Juan anhela que tengamos “comunión”, o que compartamos su experiencia con el Verbo hecho carne. Esta comunión nos recuerda otra forma en la que podemos “ver” a Dios. En el Salmo 34, David relata sus temores, y también profundiza en su percepción de que “el ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende” (Sal. 34:7). Entonces, David nos exhorta: “Gustad, y ved que es bueno Jehová” (Sal. 34:8). La figura retórica que indica “gustar” a Dios refleja una forma íntima de conocer a Dios mediante la experiencia personal. En la experiencia cristiana, mientras leemos el testimonio de Juan acerca de ver y escuchar al Dios encarnado, también necesitamos “verlo” por nosotros mismos por la mediación del Espíritu Santo (Juan 14:16-18, 16:14; Rom. 8:2-17). Por esta razón, David concluye que es dichoso el que “confía en él” (Sal. 34:8); y Pablo afirma que ninguna “tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro o espada” puede separarnos “del amor de Cristo” (Rom. 8:35).

En última instancia, “ver” a Dios en nuestra situación significa experimentar, mediante la Palabra de Dios y la obra del Espíritu Santo en nosotros, la providencia, el amor y la seguridad de Dios, sentir su presencia con nosotros y tener su paz y seguridad en nuestro corazón de que él está allí con y por nosotros. Esta experiencia es la fe.

La resurrección de Cristo; nuestro sufrimiento y muerte

La resurrección juega un papel crucial en la teodicea cristiana o en la explicación del origen, la existencia y el destino del mal en el universo de Dios. A este respecto, cabe destacar tres cuestiones:

  1. La Biblia coloca la resurrección en el corazón de nuestra fe en Dios y la esperanza para el futuro. El apóstol Pablo concluye que “si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres” (1 Cor. 15:19). El mal y la muerte terminarán con la resurrección de los que pusieron su confianza en Dios.

  2. La resurrección de Cristo garantiza esta restauración, lo que demuestra su divinidad. Nuestra única esperanza de salvación reside en Dios, quien toma nuestro pecado sobre sí mismo y nos resucita también con su poder. Si Cristo no hubiera resucitado, habría demostrado ser un simple ser humano necesitado de salvación, y nosotros habríamos quedado abandonados en nuestros pecados, destinados a la paga que retribuye el pecado, es decir, a la muerte (1 Cor. 15:12-17; Rom. 6:23).

  3. La promesa de Dios de que resucitaremos es la mejor manera de explicar el “permiso” de Dios para que su pueblo sufra y muera. El apóstol Pablo afirma que “tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (2 Cor. 1:9). Dios “puede permitirse”, por así decirlo, que su pueblo o sus hijos sufran y mueran porque él los creó y, por lo tanto, él puede recrearlos o resucitarlos. De hecho, sería noble que quienes ponen su confianza en Dios mueran por él y su causa, incluso sin ninguna posibilidad de resurrección. Pero ese resultado, en última instancia, privaría a Dios de su estatus y de su poder como Aquel que puede crear vida de la nada, y llegaría a ser otra entidad egoísta e impotente del universo. La gente que tomó partido por él habría muerto por nada, porque finalmente no se habría demostrado nada acerca de las afirmaciones de Dios. Pero debido a que Dios demostró su poder en la resurrección, puede permitir que su pueblo muera.

Sin embargo, este argumento se aplica exclusivamente a Dios porque él es el único dueño del poder para resucitar. Como nadie en el universo, aparte de Dios, posee el poder de la creación y la resurrección, ningún otro ser del mundo puede permitir que la gente muera o que la maten, y que esa tolerancia de actos tan horribles esté justificada; de allí la prohibición del sexto Mandamiento para la raza humana (Éxo. 20:13). Para una buena síntesis sobre la importancia de la resurrección para la fe cristiana, ver Josh McDowell, “Support of Deity: The Resurrection — Hoax or History”, The New Evidence That Demands a Vedict (Nashville, TN: Nelson, 1999), cap. 9, pp. 203-284.

 

Ir Arriba APLICACIÓN A LA VIDA

  1. Echen su ansiedad sobre Dios. Cuando el apóstol Pedro enseñó a los miembros de la iglesia a echar su ansiedad sobre Dios (1 Ped. 5:7), no tenía intenciones de respaldar la pereza espiritual ni la irresponsabilidad (2 Ped. 1:5-7). De igual modo, Jesús enseñó a sus discípulos a no preocuparse, sino a confiar en Dios (Mat. 6:25-33). Al mismo tiempo, Jesús enseñó que los cristianos deben ser diligentes y responsables (Mat. 24:45-51; 25). ¿Cómo podemos entender correctamente estas verdades bíblicas paradójicas en nuestra vida? ¿Cómo podemos enseñar los principios de estos versículos a nuestros jóvenes?

  2. ¿Cómo has visto a Dios en tu vida? ¿Cómo fortaleció esto tu fe y tu confianza en Dios, incluso en medio de las pruebas?

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